Dedicado a una linda amiga argentina: Maria Silvia. Gracias. Besos.

El tiempo no es como un perro al que puedes coger de un collar y ordenarle que se detenga, retroceda, levante la patita o se haga el muertito. No. En todo caso, si lo fuera, sería, un mastín que te arrastraría, de culo, en veloz huída, entre suelos ásperos y estrechos laberintos.
Por la tarde se casó, civilmente, Catherine, la enésima prima que decide cambiar el rol de mujer soltera, perfectamente feliz, por el de "señora de", y encima de Calvo, que es el apellido que adoptará de ahora en adelante. Y lo gracioso de todo es que, el apellido de Catherine es Cabello: "Señora Cabello de Calvo"; de sólo recordar, lo mucho que la fastidiamos, por aquel detalle, en su despedida de soltera, mis ojos se pueblan de lágrimas, de lágrimas de contento o de alegría o de no tanta alegría si a mi me toca algo peor ("Doña Beba Neumann de Arellano") o de angustia, si consideramos que el tiempo no se detiene y tengo que enfrentar, en los próximos minutos, un problema que huele a mierda.
Micaela, por su viaje de vacaciones, me encargó, entre otras muchas cosas, que cuidara a "Orejas", su adorable y enorme conejo blanco, tan blanco como un copo de nieve. Me hizo todas las recomendaciones del caso. Últimamente, sólo recibo recomendaciones y la única que me faltaba era las de una mocosita de 5 años. Yo, por motivos laborales, le pasé el encargo a Sammy que, por las vacaciones, se queda en casa, ya que, en ella puede hacer lo que mejor hace: Comer y jugar Gunbound, en cualquier orden.
Cada mañana, antes de ir a la oficina, daba un salto, al fondo del jardín, al lugar donde se encontraba la jaula de "Orejas". Apenas me veía se paraba en las patas traseras y apoyaba las delanteras en el rejado, mientras husmeaba buscando alimento. Tenía, y digo bien, un enorme apetito; apenas, le pasaba un trozo de zanahoria lo devoraba en un santiamén. Luego, dejando a "Orejas" atras, daba otro salto hacia la habitación de Sammy, trasnochado, nuevamente, por el bendito Gunbound, para recordarle y advertirle, también, que si quería hacer larga su permanencia en casa, con todas las goyerías del caso, pues, que no descuide a "Orejas".
Cada noche, a las ocho, puntual e indefectiblemente, recibía la llamada de Micaela. Me contaba cómo la estaba pasando, se divertía horrores en casa de sus abuelos maternos, y al final, antes de concluir la comunicación, hacía la pregunta de rigor: ¿Y... cómo está "Orejas"?. Mi respuesta, idéntica a la de los últimos seis días, era: "Está bien; bonito, sanito, gordo (me parecía describir a Sammy) y extrañándote...".
Hoy, viernes, sin ser trece, la mala suerte vino a hacerme una visita sorpresa. Después de la ceremonia, regresé a casa acompañada y tomada de la mano de Fabrizzio. ¿Queeeeé quién es Fabrizzio?, pues Fabrizzio es el más guapo, atento y gentil caballero de 4 añitos, hijo de la tía Raquel, que se dignó a acompañarme para conocer al famoso "Orejas". En todo el camino estuvimos hablando de él. "Vas a ver lo lindo que es Orejas...".
Llegamos a casa. Atravesamos la sala, luego la cocina y le señalé la puerta del patio y del jardín, lugar donde encontraría a "Orejas". Corriendo con pasitos cortos me sacó una enorme ventaja. Presentí que, al llegar, lo encontraría contento y admirando al lindo conejito. Nada más falso, lo encontré observando sí, pero con mucha seriedad a un patitieso "Orejas" que hedía y que se encontraba copado de una miriada de moscas. "Está muerto y... apesta", me dijo abriendo enormemente sus ojos verdes. ¡¡¡¡¡¡¡¡Noooo... Sammyyyyyyy... el conejo está muerto...!!!!!!!!! Tan pronto grité más pronto tapé mi boca al notar que había espantado al bueno de Fabrizzio. Le cogí de la mano y casi a rastras lo conduje al interior de la casa, lejos de aquel terrible espectáculo. Lo cargué y lo senté en el sofá de la sala, encendí el televisor, puse dibujitos del cable y con mi voz más dulce, tratando de no ahogarme al pasar la saliva, le dije que no se moviera de allí.
"!!!Sammyyyy....!!!". Ahora mi grito era ahogado. "!!!Sammyyyy... ¿Dónde carajo estás?!!!". Lo encontré con los audífonos puestos, frente a la computadora, que casi arranqué con todo y orejas. "... ¡El conejo está muerto... Te dije que lo cuidaras!", lo dije con la desesperación y la angustia grabados en mi rostro. "¡¿¿¿¿Síiiii?????! , fue su respuesta que me sonó más a sorna que a sorpresa. Lo cogí de la remera y lo llevé hasta el jardín. Se rascaba la cabeza en gesto de desconcierto. "... si cuando le di de comer en la mañana estaba vivo...", balbuceó. "No importa de qué murió idiota, ahora de dónde diablos saco un conejo. No podría mentirle a Micaela y llega mañana... ¿Qué le voy a decir cuando llame en un rato y me pregunte por el bicho... Micaela... está bien, sanito, bonito, gordo, extrañándote y... ¡¡¡¡Muerto!!!!... ¿Crees que le va a gustar oir eso? ". Le ordené que lo enterrara en un pozo hondo en medio del jardín. Él, haciendo un gesto desdeñoso y mascullando algo perfectamente entendible (a sus mentadas ya me tiene acostumbrada) se dispuso, a pasos forzados, bufando y de mal talante a iniciar las labores. Mientras tanto, yo, trataba de ubicar en las páginas amarillas una veterinaria que tuviera conejos. Para tensar aún más la situación el teléfono timbró, lo dejé repicar cuatro veces y antes que diera la quinta, sudando frío, descolgué el auricular. Esperando escuchar la voz de Micaela, una voz desconocida me preguntó: "¿Está Pablo...?". Aquí no hay ningún Pablo. "Pero... si él me dio éste número... ¿no está?". ¡¡¡Ayyyyy....!!! (¡Plop!).
Encontré en el directorio una veterinaria especializada en conejos. Llamé para indagar si también los vendían y la respuesta fue afirmativa. Encargué a Sammy que, de vez en cuando, diera una miradita a Fabrizzio. Paré el primer taxi que se asomó por la calle y le indiqué mi destino. Llegué, a la veterinaria, en menos de un cuarto de hora. Calculé que me iba a sobrar tiempo para llegar a casa y contestar tranquilamente a Micaela. Sin embargo, los conejos que allí vendían o eran muy pequeños o de otros colores. La angustia me invadió nuevamente. Y todo por un maldito conejo. Una señora con una coneja en sus brazos, que salía de consulta, se acercó. Era una anciana de cabellos como pompa de algodón, cientos de arrugas recubriéndole el rostro y una sonrisa bonachona; y se compadeció de mí y dijo que podía ayudarme. También, me comentó, en tono familiar, que me parecía mucho a su nieta que hace más de dos años había viajado a los Estados Unidos y que desde entonces no sabía absolutamente nada de ella. Ingrata, pues. Me iba a contar la historia completa, pero yo, muy cortésmente, le dije que el tiempo apremiaba. Me recordó tiernamente lo malo de las mentiras y tuve que tragarme el sermón entero. Vivía a dos cuadras de la veterinaria. Su casa era pequeña pero muy bonita. En la azotea de la misma, había acondicionado un lugar para que una decena de conejos, aproximadamente, se desplazaran libremente como en una comunidad hippie. Sus conejos estaban muy bien cuidados y vi uno muy parecido a "Orejas". Cogerlo fue un trabajo tedioso, tan pronto que lo tenía cercado más rápido se escabullía de entre mis dedos. Después de muchas intentonas logré cogerlo de las orejas con cierta rudeza. Me disculpé por mis modos. Le pregunté cuánto me iba a costar el "lindo conejito" y ella me respondió que era un obsequio. El conejo trataba de zafarse, pesaba horrores, sin embargo, logré agradecer, aunque torpemente, con un beso a la buenísima anciana. Con el conejo dentro de una caja de Ebel tomé un taxi con destino a casa.
Llegué un cuarto para las ocho y cogiéndolo de las orejas deposité al nuevo "Orejas", valga la redundancia, en la jaula. Ocho en punto y el teléfono timbró, no le di tiempo para que soltara un segundo berrido y contesté. "Bla, bla, bla... ¿Y cómo está orejas?"; y yo: "Está bien, sanito, bonito, gordo, extrañándote y... como nuevo...".
El tiempo..., después de todo, es como un conejo que, se escapa de entre los dedos al menor descuido.
